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sábado, 23 de septiembre de 2017

RELATOS: El reencuentro (capítulo 4)

-¿Estás bien?
Cuando me desperté estaba tendido en la cama. Sentada a mi lado se encontraba Ana, que me colocaba paños húmedos en la frente para espabilarme.
-¿Por qué haces esto? ¿Por qué pierdes tu tiempo conmigo?
-¿Sabes una cosa? Siempre te había considerado distante, engreído y cerrado. A veces, te escuchaba hablar de Carlos y decías que era tan sensible, tan dulce y tan amable, que me lo imaginaba como una bellísima persona. Pero he descubierto que tú también lo eres. -Ana dejó lucir una tímida sonrisa.

domingo, 11 de junio de 2017

RELATOS: El reencuentro (capítulo 2)

Tras unas tres horas de viaje en las que permanecí en mi asiento callado, llegamos a la estación, y seguidamente, nos llevaron en autobús al hotel, donde dejamos las maletas. Nos dirigimos inmediatamente al teatro y mi hermano se encontró a Pedro, uno de sus mejores amigos de la infancia, tras lo que comenzó a charlar amistosamente con él, dándole una palmada en la espalda. Mientras, las dos primas se juntaron con otra chica de su pandilla. Le lancé una mirada de complicidad a Rafa, preguntándole si quería acompañarme durante el musical, pero ni siquiera se dignó a devolverme la mirada. Entonces, una voz masculina me despertó de mi ensimismamiento...

domingo, 14 de mayo de 2017

RELATOS: El recuentro (capítulo 1)

Parece que fue ayer cuando Carlos y yo, dos jóvenes malagueños sin miedo a nada, nos embarcamos de lleno en una de las grandes aventuras de nuestra vida.
Cuando estaba en cuarto de la ESO, mi profesora de Lengua decidió organizar un viaje al Nuevo Teatro Alcalá de Madrid para ver el musical de Dirty Dancing y los lugares más emblemáticos de la capital. Pero cuando me enteré que los compañeros de segundo y de tercero de la ESO también iban a la excursión, caí en la cuenta de que me pasaría la semana entera haciendo de canguro de mi hermano de trece años.

domingo, 15 de enero de 2017

REFLEXIONES #1: ¿Qué le podemos enseñar los jóvenes a las personas mayores?

Para muchos de nosotros, nuestros padres son un referente. Intentamos seguir su ejemplo y los admiramos por todo lo que hacen: nos mantienen, ayudan, protegen, nos guían por el buen camino,... Sin embargo, a veces pienso: "¿qué harían nuestros padres sin nosotros?"
Los niños. ¡Ay, los niños! Somos la vitalidad personificada. Somos..., un volcán en erupción a punto de estallar. Tenemos una imaginación desbordante y la creatividad y la constancia son nuestros puntos fuertes. Queremos destacar por la originalidad de nuestro trabajo. Por hacer lo que nadie jamás había logrado, cosa que es más fácil con las nuevas tecnologías. Nos ha tocado vivir en una época donde se están realizando avances de todo tipo, una época en la que los mayores, tanto como nuestros padres y abuelos, se sienten "perdidos" porque no manejan ni controlan estos nuevos dispositivos como nosotros, que prácticamente hemos crecido con ellos. Así, les ayudamos a controlarlos un poco mejor, a pesar de que les cueste y perdamos la paciencia.
En resumen, para mí, la unión de mayores y jóvenes es explosiva: con la sabiduría y experiencia de unos y con la ilusión, ganas de vivir y motivación de los otros, constituye el tándem perfecto que nos conducirá a un mundo mejor.

sábado, 8 de octubre de 2016

MIS ESCRITOS #4: Gladiator

Cuando adquieres por primera vez el uso de razón, el mundo que te rodea cobra un sentido. Hay edades donde ciertas cosas nos parecen importantes, aunque más tarde, nos demos cuenta de que esos detalles no lo son.
Sin embargo, lo que creo que nunca olvidaré por mucho tiempo que pase es lo que me ocurrió el pasado mes de agosto.
Hacía mucho calor y yo estaba en la terraza sin saber muy bien lo que hacer, cuando me puse a leer el periódico. Y entonces, lo vi. En primer plano, había una noticia que hablaba de un joven marbellí enfermo de leucemia, Pablo Ráez.
Fueron horas y más horas las que pasé investigando acerca de él en las redes sociales. El tiempo se me pasó veloz como la pólvora a medida que iba conociendo su historia en Internet. No hubo ni un solo día en que no mirara las noticias para ver cómo evolucionaba y sobre todo, me interesaba por su entereza ante la enfermedad.
A pesar de sus veinte años, me sorprende su madurez. El hecho de que nunca se rinda y que esté luchando por conseguir que un millón de personas que conviertan en donantes. Personas que con este gran gesto altruista, están ayudando a salvar vidas.
Por desgracia, yo aún no tengo la edad necesaria para ello, pero no quiero resignarme a no hacer nada. Por lo pronto, he animado a mis padres y amigos a que se interesen por el tema y ellos están dispuestos a aportar su granito de arena; así que el pasado tres de octubre, cuando la unidad móvil de donación de sangre se desplazó hasta mi pueblo, nos informamos de los trámites a seguir para ser donantes y no es nada complicado. 
Cierto es que no tengo demasiado claro a qué quiero dedicarme en el futuro. Han sido muchas las veces las que he cambiado de opinión, pero de lo que sí estoy completamente segura es de que cuando llegue el momento oportuno, me gustaría ser donante.
En resumen, este chico ha logrado que yo viera el mundo de manera diferente. Espero que encuentre un donante compatible y que por fin se recupere. Él me ha hecho valorar todo lo que tengo.
Gracias, Pablo Ráez. Eres un ejemplo a seguir.

domingo, 17 de abril de 2016

CONSTELACIÓN AMOR

Madrid, calle del Escorial.
Era un catorce de febrero. No recuerdo muy bien el año exacto, pero aún puedo sentir la frialdad que desprendía ese día.
Una lluvia fuerte y persistente y un viento rebelde y traicionero se  habían unido para crear un ambiente tan tenebroso, muerto y sombrío como el de una película de miedo.
Los más ancianos afirmaban que en toda su vida, nunca habían visto nada igual.
Parecía una batalla encarnizada entre fenómenos meteorológicos, enzarzados en una lucha por  lograr un lugar tan espantoso como aquel, por destruir todo lo que había a su alrededor y asustar a los demás.
Y por hacer de aquel día tan hermoso, un triste recuerdo de nuestra existencia.
Miré por enésima vez la ventana.
No se veía la luna blanca y resplandeciente, brillar como tantos otros días.
Ni veía a Mario.
Mario...
Tragué saliva y un gran nudo se me hizo en la garganta.
No había pasado mucho tiempo desde que ocurrió aquello.
Desde que él se fue. Desde que ya no está conmigo.
Desde que no le abrazo, no le arropo, no siento los latidos de su pecho, no le beso...
Desde que enfermó y fue a un lugar mejor: sin poder celebrar el Día de San Valentín ni nuestro aniversario, sin casarnos, sin conocer a nuestros hijos ni poder criarlos ni amarlos, sin poder cuidarnos mutuamente y sin compartir los mejores y peores momentos.
Sin disfrutar la vida.
Aún después de tanto tiempo, me sigo preguntando el por qué.
Decenas de preguntas comienzan a bullir en mi mente. Unas preguntas decisivas y desgarradoras se agolpan en ella, deseando salir al exterior, ser escuchadas e inmediatamente respondidas, ponerse a flote y no ahogarse dentro de mi interior.
Deseaba quitarme un gran peso de encima; sin embargo, ya sabía que nunca iba a conseguirlo.
¿Por qué nos tienen que quitar lo que más queremos en el mundo?
¿Por qué nos castigan injustamente cuando no hemos hecho nada malo?
¿Será el ciego destino o simple y pura coincidencia?
Lo único que sé es que no puedo vivir sin él, lo echo de menos y siempre lo haré.
Contemplé nuevamente el cielo negro como el carbón.
Abrí la ventana y comencé a llorar.
Había perdido los nervios. No me podía controlar.
Las lágrimas, manaban veloces y juguetonas por mis mejillas y mi enjuto cuerpo temblaba de impotencia.
De pronto, una suave brisa me acarició el rostro y me hizo sentir mejor.
Era un aire gélido que te congelaba las venas, pero cuya presencia no me incomodaba.
Soplaba suavemente, me tocaba, me rozaba y me tomaba la mano.
Nada había conseguido hasta entonces arrebatarme una pena que me había aislado del mundo durante tanto tiempo.
 Esos días donde fui  incapaz de levantarme, habiéndome tropezado infinidad de veces con el mismo obstáculo y donde había perdido las ganas de sentir, amar y vivir, ajena a la cruda realidad de la vida y a la espiral de confusión en la que estaba sumida.
No encontré nada ni nadie que me hiciera levantar y luchar por salir de mi cautiverio. Nadie sería capaz de reemplazar a mi querido Mario.
-¿Dónde estás? ¿Cómo te puedo encontrar? ¡Dios mío! - me levanté.
Veía que me iba a volver loca. Perdía los estribos, temblaba y lloraba una vez tras otra.
No me atrevía a salir de mi habitación. Me sentía perturbada.
De pronto, una súbita corazonada me hizo recobrar mi ansiada libertad.
Me levanté de la cama y salí corriendo.
El reloj marcaba las doce de la noche, seguía lloviendo a mares y el viento no se calmaba.
En aquel momento me sentí totalmente eufórica.
Corría. Sentía mis ligeras piernas deslizarse por el asfalto como si de una bailarina de ballet se tratase.
Más tarde, llegué al Parque del Retiro y me refugié bajo un árbol.
El cielo plomizo, se presentaba amenazante. No se veía ni una sola estrella y de las nubes grises, manaban auténticos chaparrones.
Recuerdo que de pequeña me gustaba la lluvia.
Y ahora me sentía insignificante y me asustaba de ella.
Aunque aquel,  solamente era un simple recuerdo de mi más tierna infancia frente a la realidad de mi perturbada madurez. No era nada importante.
Cerré los ojos y suspiré profundamente.
Me sentí desfallecer, pero no podía dejarme vencer.
No podía seguir siendo presa de mi mente y refugiarme en ella como si fuera un escudo hacia lo inevitable.
Extrañamente, una parte de mí quería salir de ese oscuro pozo al que había estado atada, vivir la vida y dejar el pasado atrás; aunque la otra parte se aferraba con tanta fuerza a mis recuerdos que no me permitía disfrutar y me atenazaba a la total sumisión.
Lo único que deseaba era vivir con total normalidad, como Mario quería, y que encontrara a alguien mejor. Alguien que fuera capaz de devolverme esa sonrisa perdida en una de las más oscuras penumbras.
Pero, ¿cómo sería capaz de olvidar aquel primer y único beso de mi existencia, tan dulce como el mismo azúcar?
¿O esos ojos azules y puros como el mar ?
 Parecía una misión totalmente imposible.
Miré de nuevo al cielo, que se encontraba más negro que nunca.
Mis cansados ojos comenzaron a divisar una claridad en un horizonte que cada vez, se volvía más próximo y tangible, más dulce y hermoso.
Tímidamente, un pálido resplandor de luna iluminó el sombrío parque.
Sin lugar a dudas, aquel era el espectáculo más bonito que había visto en mi vida.
Una de los cosas que no merecían la pena olvidar.
De pronto, como hipnotizada, me fui levantando y alzando la mano.
Uno de mis tantos mayores deseos, era lograr ir a la Luna y contemplar las estrellas desde allí, agarrarlas y sentirlas brillando en mi mano. Admiraba las constelaciones y todo lo relacionado con ellas. Me parecían preciosas y de una belleza incomparable.
De pronto, un grupo de estrellas  comenzaron a formar un  corazón.
Un enorme corazón blanco, en mitad de un cielo pulcro e impoluto,  que tardará miles de años en apagarse, y que mientras tanto nos deleitará con su bella luz.
Parecía la prueba clave del amor infinito que profesamos a nuestros seres queridos y a la naturaleza, que me abrió los ojos a la realidad.
La Constelación A.M.O.R.
Tantos años en este mundo y aún me sorprende cuántas cosas es capaz de darnos, tanto buenas como malas para que no nos rindamos y luchemos por ellas.
Tantos años,  y aún sigue habiendo personas incapaces de darse cuenta de la inigualable belleza que el mundo cada día nos regala, muchas veces, sin que nos percatemos de ello.
Sigo sin tener idea alguna acerca de cómo el mundo nos puede quitar eso que deseamos en nuestras vidas.
Lo único que sé es que las fuerzas he recobrado. Me he dado cuenta de que aún tengo razones para seguir viviendo y disfrutando de los más exquisitos placeres y de mis seres queridos. Tengo que ser agradecida por seguir permaneciendo en él, por seguir viendo los amaneces y atardeceres de cada día y por darme cuenta de lo impredecible que puede ser este destino que nos controla.
Tengo que luchar contra lo más difícil, como él me dijo y como siempre me han enseñado y repetido desde que tengo conciencia de ello.
Hay que luchar por tus sueños más ansiados, aunque creas que será imposible conseguirlos.
Gracias, Mario.
Gracias, mundo...
Por todo.

lunes, 28 de diciembre de 2015

MIS ESCRITOS #2: Lágrimas de Tinta

Escribo.
El bolígrafo tiembla, se desliza suavemente por el papel, se retira miedoso; pero logra su finalidad: transmitir mis palabras con papel.
Traviesas ideas bullen en mi cerebro. Se agolpan en la mente, intentan salir al exterior, cobra vida... Quieren ser escuchadas, quieren ser admitidas y alabadas. Quieren ser únicas y crear belleza.
Se lo permito.
Vuelvo a coger el bolígrafo, esta vez con firmeza. Comienzo a dudar.
¡No sé cómo debería expresarme!
¡No sé que palabras debería poner!
Me llevo las manos a la cabeza. Mi corazón late acelerado y mi mente se vuelve intranquila.
La escritura, ¡oh, la escritura!
Rebelde y veterano espíritu, ¿cómo te puedo domar?
¿Cómo puedo crear esa belleza tan deseada?
No lo sé. Tras varios años pudiendo escribir, sintiendo las palabras: cómo bailan, cómo se aclimatan al impoluto ambiente del papel, cómo toman la forma de personas, con sus propio carácter e ideas.
  Desgraciadamente, la inspiración me había abandonado.
¿Cómo puede ser eso?
¿Cómo puede ser que no sea capaz de juntar palabras y hacer que creen un bonito ambiente de belleza y bienestar?
¿Cómo puedo haber sido capaz de haber perdido la inspiración?
"¡Oh, dios mío!"
Aferro la hoja y la estrecho entre mis brazos. Pierdo los nervios y rompo la hoja a cachos.
Veo cómo las palabras mueren entre mis manos: maltratadas, descuartizadas, asesinadas brutalmente...
"¡Ras! ¡Ras!" oigo el papel de romperse.
"¡¡Basta!!", grito.
Pierdo los nervios. Me siento insegura, minúscula, infravalorada. Me siento desfallecer...
Lo intento de nuevo. El bolígrafo, tan inseguro como en un principio, escribe. La caligrafía, muy cursiva, comienza a girar ante mis cansados ojos.
Las palabras siguen danzando. Ahora, no sé cómo debería pararlas.
Alocadamente, las ideas bullen en un mar de dudas. Algunas desgraciadamente se ahogan, otras salen a la superficie y el resto se mantienen rezagadas, miedosas, acomplejadas. No saben si deberían salir de nuevo al exterior. Si quieren ser escuchadas o si conseguirán su esperado propósito: la admiración ante ellas.
Suspiro.
No logro encontrar una solución. No sé cómo podría ordenarlas y conseguir la armonía necesaria.
La paz total.
Pongo un poco de música clásica. Mozart, para ser exactos.
¡Ah, La Flauta Mágica! ¡Qué canción más hermosa, más bella!...
Intento pensar. Compongo.
La escritura es un arte. La escritura es una música incesante en tus oídos; es una música que tienes que componer correctamente; es una música en la que tienes que poner las notas adecuadas para crear la armonía adecuada.
Para mí, la escritura es la fuente de imaginación. No tiene límites...
"Sol-Fa, Mi, Mi, Mi, Mi...", tarareo.
Lo encuentro. Por fin la encuentro.
Mis ojos se abren de par en par. Brillan, irradian ilusión..., y emoción.
Cojo por enésima vez el bolígrafo y escribo.
Mientras, veo el papel despezado.
¡Cómo puedo haber sido capaz de haber asesinado esas palabras!
¡Esas palabras, que podrían haber tenido una vida mejor y haber sido admiradas por los ojos de los lectores!
De pronto, avergonzada, aparto la vista.
Mientras, siento que los ojos se me llenan de lágrimas.
Siento que me lleno de paz y tranquilidad.
Y cerro los ojos.
Ahora, las lágrimas se deslizan por mis sonrosadas mejillas.
Lágrimas de tinta.
Las lágrimas que podrían haber derramado esas palabras con corazón, esas jóvenes palabras que rompemos cuando no las conseguimos unir para componer.
 Componer una obra maestra.
Esas palabras olvidadas por nuestras mentes. Rechazadas por nuestro lenguaje. Abandonadas a su suerte en las entrañas del submundo.
¡Cuánto deben de haber llorado!
¡Cuánto deben de haber chillado!
¡Cuánto deben de haberse quejado! Quejándose de su propia muerte.
¡Oh! ¡Qué bellas son las palabras!
Ahora, lo pienso y lo escribo. Escribo el sufrimiento de una escritora, de un artista, de nuestros errores y de su pena por no usar las palabras correctas.
Escribo de las palabras, de su vida, de sus sentimientos, de sus asesinatos...
... y de sus lágrimas, las lágrimas de tinta que derraman.

domingo, 20 de diciembre de 2015

MIS ESCRITOS #1: LA NOCHE DE LAS ILUSIONES PERDIDAS

El reloj marcó silenciosamente las doce menos diez de la noche. El tiempo volaba, se escurría con delicadeza de las manos, consumía el día...
Parecía que fue ayer cuando Miguel solamente era un niño pequeño, curioso, con la cara pecosa y ojos vivaces que entraba el primer día a la escuela, temeroso y emocionado a la vez.
Parecía que fue ayer cuando se graduó en compañía de todos sus seres queridos y amigos, cuando no tenía responsabilidades y pensaba en comerse el mundo.
¡Oh, el tiempo! Ese si que era su peor enemigo.
No sabía si sería la última vez que vería su cuarto, su familia o el dulce retrato de su mujer y de sus hijos de la repisa. Incluso tampoco sabía si despertaría al día siguiente, o si apenas vería la tenue luz del día filtrarse tímida por las minúsculas ventanas del hospital.
No sabía si aguantaría otro día más, si rendirse...
Miguel tenía los días contados.
La enfermedad lo atenazaba a las mullidas camas del hospital. Sin embargo, ya se había acostumbrado a estar todos los días en cama, arropado por la simpatía de los demás enfermos, que lo trataban como un amigo más.
Se rascó la dolorida cabeza. Miguel intentó levantarse, pero no pudo. No tenía fuerzas para ver la preciosa noche estrellada de aquel día, normal para él.
Otro esfuerzo y un nuevo empujón. Esta vez con todas sus fuerzas y empeño en ello.
Lo logró. Tras meses y casi años sin poder levantarse, por fin consiguió mantenerse en pie y avanzar cautelosamente hacia la ventana.
Los cansados ojos de Miguel se anegaron de densas lágrimas, que corrían veloces por sus mejillas. No sabía exactamente por qué: si por la asombrosa belleza del paisaje, si por su pequeño logro o por el miedo hacia la muerte.
En aquel momento, al hombre le daba igual. En esos segundos de gloria, sintiendo en su cara el cosquilleo de una brisa nocturna, agradeció todos los buenos momentos de su vida.
De pronto, una intensa punzada le atravesó el cuerpo entero, mezclándose de golpe una fuerte jaqueca. Su corazón comenzó a acelerarse. Parecía que se salía del pecho.
Miguel tuvo que tumbarse en la cama.
La respiración se le hacía costosa y descompasada. Gotas de sudor se posaban en su frente y los escalofríos se hacían más y más fuertes.
Palideció. Sus pupilas se dilataron y sus labios tornaron un color violáceo.
Al rato se tranquilizó.
Los ojos, muy apagados, comenzaron a cerrarse.
Una tenue luz blanca se apoderó de la sala y una dulce voz lo llamaba. La de su mujer.
-Miriam...-susurró.
Tras ochenta años viviendo, el agotado corazón de Miguel se paró...
 Y entonces, todo se volvió negro.